Tertulias literarias en Taichung, en esta ocasión, eligió la obra de G. K. Chesterton, El hombre eterno (1925), como la lectura apropiada para centrar y diversificar el debate en esta cita ya clásica en las actividades culturales de la Casa de España en Taiwán. El libro dio mucho juego porque de manera armoniosa se fue consumiendo la tarde-noche, hablando de lo divino y de lo humano, en el gran bar del H. E. de Taichung.

La calidad literaria del escritor G. K. Chesterton queda fuera de toda duda. A Chesterton podríamos definirlo como un escritor de raza, un tipo de escritor que hoy comienza a escasear, por ser culto, versado, inteligente, con el diapasón de su discurso siempre situado a un alto nivel. Con un estilo directo, punzante, sustentado en la paradoja y en la metáfora, que nos deslumbra en cada frase, en cada párrafo. Un escritor que subyuga y envuelve, que en 1908 escribió una de las novelas más sugerentes del siglo XX, El hombre que fue jueves, una novela fantástica, metafísica, cósmica.

Chesterton. Un escritor que hoy es difícil pueda darse. Ya que en la época que nos toca vivir, con tantos cambios y urgencias, la tarea principal del sistema y de sus acólitos viene a ser abaratar la cultura, primero, algo ya conseguido, para después pasar a acabar con ella. En esas estamos. El campo de juego donde se celebra tal espectáculo es internet bajo el ideario de la globalización. Así, en este entramado histórico que padecemos, todo lo que consista en amar la sabiduría, conocer lo incógnito, disfrutar de la belleza -sin que exista mayor belleza que la lectura y su mundo: la historia, la literatura, el arte o la música- y pensar que la vida es grandeza, bajo el pulso que el hombre establece consigo mismo y con la civilización a la que pertenece; todo lo que se acerque a esta exigencia o norma de vida, es decir, el mundo al que pertenecía Chesterton, y que él cultivó, todo eso comienza a ser antigualla, un vestigio del pasado que se esfuma, y que quedará adherido sólo a aquél que decida poseer la condición de clase.

Y para debatir en la tertulia una de sus obras maestras, El hombre eterno, una obra inteligente que apuesta por un ataque feroz a lo que hoy es norma de vida, lo políticamente correcto, y que ya existía en su época, en la primera mitad del siglo XX. Un momento histórico donde los descubrimientos científicos ya estaban circundando la idea de hombre, una idea, la del milagro de ser humanos, que para Chesterton no tiene por qué contradecir al evolucionismo -en patente demostración continua-, ya que para Chesterton, y ahí el punto de acierto de su apuesta, no debe zambullirse el ánima de lo humano, su espíritu, en el río vertiginoso de la naturaleza, pues para él -y algo que puede que confunda, y mucho, hoy día- “cuando consideramos al hombre como animal percibimos que no lo es”. Chesterton no quiere contradecir a la ciencia, sino poner al hombre en valor, ya que el sentido artístico del hombre -comprobación máxima de su nivel intelectual y espiritual- le ha mantenido en todas las épocas: “Los hombres prehistóricos eran realidades exactamente iguales a los hombres, y hombres extremadamente parecidos a nosotros”. Y ese milagro de la consciencia eterna fue validado, más adelante, por la llegada del Cristianismo. Un Cristianismo, y en su centro el Catolicismo, como eje que explica lo que es ser hombre… (Y a partir de ahí debe comenzar la lectura personal).

Se puede entender que la tertulia fuera larga y grata.